¡Oh, alma ciega! Ármate de tus recuerdos en esta noche silenciosa; encuentra a tu doble luminoso y deja que sea tu guía, porque en él encontrarás la clave de tus existencias pasadas y futuras, así como el propósito de tu venida.

Llamado a Rama

lunes, 17 de mayo de 2010

Capítulo 1 - El rescate del anacoreta

La ciudad se hallaba bañada en una espléndida noche de silencio, rodeada de bosques y montañas irregulares sobre la distancia. Más allá se extendía la cordillera nevada de los Himalayas, con sus imponentes crestas blanqueadas, allá donde sólo el halcón peregrino reinaba. Ayodya poseía una tierra fértil y basta, con cientos de granjas como mosaicos extendiéndose a varios kilómetros hasta donde la vista llegaba. Un lago sobresalía en medio de la ciudad como un gran espejo inamovible, alimentado por las lluvias originadas de las montañas; la gente solía pescar ahí -aunque no hubiera tantos peces- y de paso visitar el moderno acuario, lugar preferido de los niños en el verano. A un kilometro del lago se levantaban incontables estructuras metálicas, que se erguían como los eternos guardianes de la ciudad. Las calles luminosas seguían un patrón de líneas rectas: verticales y horizontales, en una red cuadricular casi perfecta.
Un sensor ubicado en las fronteras de Ayodya hizo mover las lámparas ubicadas desde las altas torres blindadas; las luces comenzaron una búsqueda obligada por los alrededores. La ciudad estaba rodeada por una muralla de casi cinco metros de altura, vigilada permanentemente por las fuerzas militares. Cuando el intruso salió de un arbusto, una línea recta y luminosa proveniente del fusil de un francotirador arrasó con la criatura. El cuerpo que se incendiaba tenía el aspecto de una hiena, pero con dos cabezas, algo grotesco y antinatural. El mundo vivía bajo el constante agobio de los raksasas, portadoras de virus, amenazas frecuentes y por esta causa todas las ciudades ahora se hallaban fortificadas.
En la ciudad, una hora antes una mujer había sido internada de urgencias en el hospital. Resultó no ser grave, pero el doctor pidió al esposo que le mostrara los medicamentos que ella había ingerido a lo largo de todo ese mes, debido a que mostraba signos desconcertantes aun para los especialistas. Entonces Dasarata regresó a su casa por los medicamentos y sabía que no iban a resultar éstos para nada reconocibles a los doctores, pues su esposa había estado bajo un tratamiento de fertilidad, etiquetado como de alto secreto. En ese tiempo, algo inusitado sucedía en Ayodya y era del conocimiento de todo el mundo. Padecía de un maleficio desconocido, nunca antes registrado en la historia de la humanidad. Sus habitantes se encontraban en una especie de aislamiento, en una cuarentena levantada desde el mes de septiembre del año anterior. Las mujeres de Ayodya no lograban embarazarse. Epidemiólogos trabajaban día y noche en sus laboratorios en busca de algún probable virus, causante de la desgracia masiva teniendo pobres resultados. Sólo afectaba a humanos y a un selecto grupo de monos. No existía un virus visible, pero sus efectos eran indiscutibles. Muchas personas acudieron a la fertilización in vitro y a la inyección de esperma intracitoplásmica, canceladas meses después por sus espantosos resultados. El 89 por ciento de los fetos mostraron defectos congénitos, desde anomalías cardiacas hasta deformidades en las manos y pies durante la gestación. Del restante ninguno sobrevivió a los pocos minutos de nacer. El mensaje del gobierno fue impotente pero claro a la vez: seguir intentándolo de la manera tradicional hasta que se detectara el problema. Un grupo de mujeres estaban bajo un tratamiento de fertilidad aprobado por sus resultados exitosos con los primates. Dentro de ellas se encontraba Kaosalya, la esposa del gobernador, la mujer internada en el hospital. Dasarata trató de persuadirla, pero ella aceptó el desafío, empujada más por el deseo firme de poder abrazar un hijo de sus entrañas. Aquello que le sucedía y que intranquilizaba a los estudiosos de la medicina, podía ser un mero efecto secundario de este tratamiento y Dasarata en ese instante lo sabía. Tuvo que haberla llevado con los médicos investigadores, y no al hospital de la ciudad, le expresaron sus asesores, pero lo importante es que ella estaba bien.
A muy temprana hora, en la corona del crepúsculo, los noticiarios armaron todo un alboroto; divulgaron un contenido nada habitual dentro de las mañanas. Los reportajes presentaron videos de aficionados de lo ocurrido unas horas más temprano; recopilaron grabaciones de las cámaras de vigilancia y las ajustaron con las conversaciones entre policías y militares. El tema levantaba la angustia y más de cien personas presentaron crisis nerviosa en sólo esos momentos; se supo de dos ancianos que murieron víctimas de un ataque cardiaco, entonces el gobierno tuvo la justificación y la aprobación para cortar todas las transmisiones, en un intento de tranquilizar a la población. La ciudad fue visitada por un objeto gigantesco, con forma de octágono, luminoso, sin volumen y que giraba sobre su propio centro de gravedad. No producía ruido alguno y liberó tres luces intensas de color blanco hacia distintas partes de la ciudad: una de ellas envolvió al hospital, el edificio al cual Dasarata unas horas antes había entrado, con los medicamentos que le solicitaron en las manos. El rayo era cilíndrico, como un gigantesco cristal luminoso encerrando un juguetito, el edificio. Dasarata estaba dormido en una silla, en la habitación donde se hallaba su esposa y no se percató de lo que estaba ocurriendo hasta que despertó para visitar el sanitario. Se encontró con la sorpresa de a todos ver suspendidos en un tiempo muerto, inmóviles, como perfectos maniquíes. Los relojes estaban parados, los elevadores, todas las máquinas, le agobiaba un silencio casi absoluto; los únicos ruidos que había eran los que él mismo provocaba al respirar y los que se liberaban espontáneos, como cuando entregaba un paso hacia adelante. Podía incluso escuchar los ruidos de sus músculos y tendones, tal como si se tratara de un pequeño robot mecánico, construido a base de pistones y motores. Siguió la ruta que ya conocía; de pronto una luz lo deslumbró y para cuando abrió los ojos se encontró frente a su esposa pero también... “Hola, Dasarata”. Era un sujeto alto, envuelto en una vestimenta de la cual emanaba una luz propia. No encontró en este individuo algo que le indicara que se tratara de una persona con malas intenciones; su voz lo tranquilizaba… Quedó vulnerable a su presencia. Los diálogos entre el individuo y el gobernador se imprimieron mucho después en un libro al que llamaron: El Mensaje del Narayana, que fue regalado a todos los habitantes de Ayodya, ansiosos de llevar la increíble historia a sus casas. Era todo un ensayo sobre los espíritus que habitaban en el universo, de cómo interactuaban en la naturaleza y en la vida misma de las personas. Llamó la atención las promesas del individuo hechas a Dasarata, de que las mujeres de Ayodya volverían a engendrar a sus hijos. Causó conmoción la última promesa. El espíritu dijo que reencarnaría junto con tres de sus hermanos menores en los próximos meses. En el momento en que su esposa abrió los ojos, el individuo se desvaneció como el humo, no antes sin despedirse de la pareja diciendo que volvería a verlos.
Al niño, hijo de Kaosalya y Dasarata lo llamaron Rama, que desde pequeño la gente se volcó a tocarle, o hacerle peticiones -que para la edad de un pequeño eran incomprensibles estas atenciones-. Dasarata, su padre, había adoptado a los tres niños, los que nacieron bajo el mismo tratamiento de fertilidad al que se sometió su esposa, y que fueron bañados por la misma Luz de los Dioses. Las mismas luces que envolvieron al hospital fueron las mismas que llegaron hacia estas mujeres y una de ellas tuvo gemelos: Laksmana y Satruña. Kekeyi trajo a Barata y esto completaba el número profetizado: los cuatro espíritus que se reencarnaron, y con sus nacimientos... los niños volvieron a Ayodya.

***

Cerró el libro cuando entraron los primeros chicos en el aula de clases. En secreto estaba estudiando libros que tenían que ver con los espíritus. Su padre pasó a la historia como el primer gobernador que había aceptado la nueva ideología: la ciencia-espíritu.
El joven se reclinó en su pupitre y suspiró profundo. El salón poco a poco se llenaba de voces. La mayoría de los chicos con quienes convivía eran ateos, o simplemente no creían en las beldades divinas. Todos encaminados a tomar puestos importantes dentro de la política de la ciudad, la mayoría hijos de hombres poderosos, principalmente de empresarios ricos, es decir, la mayoría le ignoraba, o quizás su simple presencia les atemorizaba lo suficiente para no caer en las malditas confusiones.
—Un espíritu…—se le escapó decir de su boca.
Su padre no se cansaba de enmarcárselo, de que él era un espíritu, algo divino para las personas. A la edad de diez años lo entregó a los anacoretas para que éstos le enseñaran a ganar sabiduría, a Rama le había gustado convivir con estas personas, sobre todo le encantó el conocimiento que poseían. Su gran ejemplo a seguir fue Vasista, un sujeto rebelde de las ciencias, pero amante de la naturaleza y devoto de los espíritus.
“Mira allá en el cielo”, le dijo una noche, cuando las estrellas se hallaban como palpitando de vida, más cerca de ellos que otras veces. “Por esos divinos espíritus, Dios respira, obra, aparece. Ellos son el soplo del alma viviente, los rayos de su conciencia eterna. Ellos gobiernan a los ejércitos de los espíritus inferiores, que vigorizan a los elementos; ellos dirigen a los mundos de lejos, de cerca, ellos nos rodean, y aunque de esencia inmortal, revisten formas siempre cambiantes”. Más tarde se enteraría de que estas palabras eran un canto, o una oración, transmitida de maestro a discípulo de muchos siglos atrás.
El maestro le miró con ternura, y Rama enrojeció en ese momento, hundiendo la cabeza y bajando la vista. “El que los niega les teme; el hombre piadoso les adora sin conocerlos; el iniciado los conoce, los atrae y los ve…”.
El joven abandonó su trance, regresó su atención hacia sus compañeros que bromeaban y se contaban secretos. Rama había visto el video de aquella mañana en el gran suceso. Aquella nave extraña, muy real, aunque algunos dijeran que fue todo un teatro montado para que su padre alcanzara la victoria en su reelección.
—¿Vieron al demonio que mostraron en la televisión? —escuchó preguntar de una compañera hacia sus amigos—. Era horrible. Yo no pude dormir tranquila toda la noche, se los juro.
Los demonios… los demonios eran mutaciones y eran los causantes de que todas las ciudades se encontraran a la defensiva, también llamados raksasas, por los anacoretas. Toda Ayodya debió haber estado al pendiente cuando se transmitió, pensó Rama. Invitaron a una bióloga reconocida a una mesa de debate en el mismo programa, donde el tema se centraba en que las Cinco Ciudades, las más importantes de todo el mundo; decían que realizaban una conspiración a nivel mundial.
—Ven conmigo —escuchó a un lado de su oreja, y alguien lo asió del brazo, llevándolo hacia afuera del salón de clases. Era Laksmana, su hermano; un tipo robusto de cabellera larga.
—Ya va a comenzar la clase.
—Te digo que vengas.
Se lo llevó contra su voluntad; la fuerza de su hermano era increíble. A los diez años ganó su primer trofeo de levantamiento de pesas y, a los quince fue campeón de lucha; aunque hubo polémica por lo reñido que resultó el encuentro.
—¡Ah, Rama! —le llamó una voz femenina: era una chica que acababa de llegar al salón, de lentes grandes y cuerpo delgado—. No entrarás a… —Los hermanos pasaron de largo.
—No, ahora no —contestó Laksmana.
Llegaron al pasillo de los estudiantes de nuevo ingreso; siempre que Rama salía del salón de clases era objeto de atención y admiración. Los que ya creían en Dios convertido en una organización de espíritus lo asemejaban a una deidad. Algunas personas de la ciudad cuando le miraban se tendían a sus pies y entonces él corría a levantarles y a decirles que él era como ellos, pero no conseguía cambiar sus pensamientos. Era difícil caminar por la calle sin llamar la atención de toda la ciudad.
Se detuvieron. Laksmana mostró por una de las ventanas de la escuela -desde un quinto piso- a su nuevo auto deportivo en el estacionamiento.
—¿Adónde iremos? —preguntó Rama, adelantándose a la desaprobación del ostentoso auto.
—A Mundo Joven, por supuesto.
—No voy —dijo serio.
Cuando Rama se expresaba de esta manera, Laksmana ya no tenía control sobre su hermano.
—¡Necesitas divertirte, Rama!
Su hermano prefería los jardines, la naturaleza, a como cuando era pequeño. Se tumbaba en la hierba, sacaba un libro y comenzaba a devorar las letras, imaginando esos mundos. Pocas veces se divertía. Su carácter retraído y tímido asustaron a su padre un tiempo, hasta que los anacoretas le dijeron que era normal, que lo dejara, que ese sería su mejor virtud. Para Rama, Laksmana era la alegría que él no mostraba y Rama era la reflexión que Laksmana no poseía; juntos se sentían completos.
El joven de mirada noble regresó al salón de clases, poco después entró el profesor apresurado y disculpándose por la tardanza, culpando al tráfico infernal bajo un impetuoso sol abrazador.
—¿Laksmana no vendrá a clase? —preguntó la misma chica de anteojos, sentada a un lado de Rama. Ella tenía esa mirada profunda, curiosa, de querer saber más sobre él; Rama se retraía, huía, quizá tenía miedo del compromiso, o de las mujeres, como decía su hermano.
Unos minutos después, Laksmana abrió apesadumbrado la puerta.
—Llega tarde, joven —dijo el profesor, al tanto que sus alumnos ahogaron su voz con un prolongado abucheo hacia el profesor.

***

Si bien Laksmana gustaba de la diversión, era también para que Rama se involucrara, no tenía caso si él no le seguía.
Después de que terminaron las clases, Rama y su amiga fueron a la biblioteca. Laksmana dijo que iría a dar una vuelta y que regresaría en un par de horas para ayudarles con la tarea. Los tres en el mismo equipo, pero sólo dos trabajaban.
La ciudad era enorme y era una de las más vanguardistas del mundo. La región más importante y corazón de Ayodya era Nueva Vrita, ubicada justo al lado del lago Kosala. Edificios altos le representaban. Aquí se hallaban las grandes empresas y hoteles de lujo, parques y lugares de entretenimiento. También era hogar de los hombres más ricos de la ciudad. Un monorriel público vomitaba diariamente a este sitio a cerca de medio millón de empleados, para después regresarlos a la estación Urago, una zona más provinciana. Nueva Vrita era un nudo donde cualquier persona podía ir a cualquier punto de la ciudad, subiendo a un autobús u optar por un vehículo rentado. También se podía llegar al corazón de la ciudad utilizando la autopista principal. La escuela privada a la cual iba Laksmana y Rama se hallaba en el centro de la zona lujosa. Rama mostró su interés por una escuela pública, pero debido a que en estas instituciones se encontraban los más devotos al Vishnú, optó por la indiferencia que le regalaban -en su mayoría- los ateos.
Después de la llegada de los demonios y de los espíritus, vivir fuera de las ciudades era todo un reto y un atrevimiento. Los demonios salían de la tierra, del aire, del agua, incluso del fuego; los viajes largos no eran ya comunes, pues las naves eran derribadas; el contacto con otras ciudades era complicado, porque los demonios -que eran bastantes- derribaban las antenas. Hasta la fecha, todo plan para desaparecer a los demonios había fracasado. Mataban cinco y salían diez. Eran interminables.
El tráfico en la autopista detuvo a Laksmana; había cancelado la cita con sus hermanos y cuando quince minutos transcurrieron en el aburrimiento del embrollo automovilístico, encendió el equipo de radiofrecuencia que llevaba en su auto -usarlo era ilegal-. La policía hablaba de un choque sobre la carretera en la cual él se encontraba ahora; ya era muy tarde para poder regresar, la espera sería larga. Comenzó a jugar con la frecuencia del aparato hasta hallar la siguiente transmisión.
—…Es… toy. Estoy muy cerca… de… to, ayuda… Ayodya… cerca. Raksasas… ata… dome…
En lo que le pudo entender es que alguien estaba muy cerca de la ciudad y necesitaba ayuda, al parecer los demonios raksasas le estaban atacando.
—…Por… Favor… Ne…to…
—¡Oiga!
Pensó que le hablaban a él, pero era un conductor que se había dirigido a otro sujeto.
—¡Muévase para que pueda girarme!
—No puedo, ¡¿qué no lo ve?! —dijo el del camión de carga.
—¡Entones apártese, que yo si puedo!
Entre aquella discusión se le ocurrió una idea.
Durante la permanencia en el tráfico hizo varias llamadas a teléfonos móviles. Hubo esperas prolongadas y respuestas negativas.
—Me lo debes.
—…Pero es que… no es fácil.
—Ya sé que no es fácil. Sólo quiero que cumplas lo que prometiste.
—… Hum… Déjame ver entonces.
La pausa duró más de veinte minutos, cuando la respuesta llegó.
—Ven enseguida. Creo que las tendré. —Colgó.
Cuando los vehículos comenzaron a moverse, utilizó el primer retorno para cambiar su ruta.
La señal que dejó atrás tenía por mensaje: ZONA MILITAR.

***

Ya había oscurecido. Rama regresaba a su apartamento, culpándose de su comportamiento.
“Quiero que seamos algo más”, dijo su compañera, olvidándose de los libros teóricos, anteponiendo sus manos suaves y vivas a las letras muertas, como si todo su mundo dependiera de ese efímero momento; como si todo el universo girara alrededor de los labios del joven Rama, al cual ella amaba desde hacía bastante tiempo pero que, sucumbida por la timidez, evitó más de una ocasión declarar el amor insistente que le profesaba.
¿Y qué respondió él?; la lengua se le trabó; exudaba por todos los poros de la piel y eso que ya esperaba la solicitud. “Me gusta como estamos”, al fin alcanzó a decir, y ella apartó sus manos y trató de regresar a la lectura pero sus las lagrimas terminaron por caer al papel nebuloso, humedeciéndose, y algunos voltearon a mirarlos mientras ella gimoteaba; el silencio de una biblioteca puede ser un sitio insoportable cuando todos escuchan el fracaso de uno.
Ella se levantó y corrió al sanitario, hasta que regresó y recogió sus cosas. Se despidió con un gran esfuerzo y sin levantar la mirada. Unas horas antes había decidido mandar al diablo sus estudios y a su padre si Rama le respondía de forma afirmativa, si él se atrevía a ofrecerle esperanzas… Pero no fue así.
Laksmana estaba desaparecido y Rama le culpaba por no haber estado ahí. Sólo le había enviado un mensaje a su teléfono portátil, diciéndole que le esperaba afuera del edificio de los dormitorios.
Y ahí estaba esperándolo, eran casi las siete de la noche, hasta que llegó con el rostro perlado y jadeando.
—Tengo algo para ti.
Había una traviesa sonrisa en su hermano.
—Mira, te enseñaré. —Se fueron hasta donde tenía estacionado el auto. Notó que la parte delantera estaba abollada, pero antes de que le preguntara, Laksmana abrió el portaequipaje; apartó una manta negra y se lo mostró.
—¿Co… cómo los conseguiste?
Enseñó sus dientes blancos, como vanagloriándose.
—Son magníficas, ¿verdad?
Eran dos armas militares, llamadas zeffs. Se sujetaban en dos manos y eran cilíndricas. Tenían un gatillo en la parte interna.
—Pero… ¿Qué piensas hacer con ellas? Debes devol…
—Iremos de cacería.
—¿Bromeas?
—Antes me has dicho que querías saber cómo funcionan estas cosas, ahora tienes esa oportunidad.
—Pe… pero eso lo puedo hacer en mi habitación —dijo Rama, preocupado por las armas.
—Sí, pero no es lo mismo. —Antes de que Laksmana levantara un arma, Rama se lo impidió, miró a un lado y luego al otro porque se encontraba intranquilo con ellas—. Además se nos hace tarde porque un hombre necesita ayuda, lo escuché por radio. Era atacado por raksasas.
—Mientes.
—No es mentira. —Rama buscó algo en los ojos de su hermano y lo halló. Al parecer hablaba en serio—. Si nos damos prisa lo salvaremos. Yo iré —dijo decidido, pero en el fondo… lo esperaba a él.
Rama se quedó meditando unos pasos lejos de su hermano. La mirada dirigida al suelo y los dedos acariciando el mentón. La verdad es que en este momento deseaba escapar, a otro lugar, huir de todos después del daño a su compañera.
Laksmana sabía de la debilidad de su hermano por ayudar personalmente a las personas, y usó bien el pretexto.
—¿Pero cómo conseguiremos salir?
Preguntó en voz alta, girando.
Era la respuesta convertida en pregunta que esperaba, no necesitaba más.
—Eso déjamelo a mí; conseguí las armas, ¿no? Eso era lo más difícil.

***

Salieron con un permiso falso, en una caravana protegida que pretendía llegar hasta una ciudad del Este. La única forma de sobrevivir afuera y transportarse de un lugar lejano a otro era de esta manera; tanto militares de Ayodya como de la ciudad destino cooperaban para llevar a salvo la caravana de turistas y comerciantes. Los vehículos debían ser blindados y hasta había una importante empresa a nivel internacional que vendía sus servicios. Entregaba incluso seguros de vida a todos sus viajeros, garantizando su seguridad.
En un descuido de los militares los hermanos se salieron del gusano de vehículos y se internaron silenciosos dentro del bosque; llevaban sus armas muy escondidas dentro de una petaca, envueltos dentro de mucha ropa a modo de hacer paja y no se notaran las armas. Nadie era tan tonto como para salirse de la caravana, los militares sabían que si alguien apreciaba su vida, lo mejor era obedecer sus indicaciones, así que nadie se enteró de su escape.
Rama parecía todo un guerrillero con el zeff en sus manos, y esto provocó una risa repentina en su hermano mientras bajaban por una colina empastada. Los árboles del bosque eran espesos, distanciados unos de otros, facilitándoles la movilidad. Una media hora más tarde, todavía no encontraban al hombre que pedía auxilio por radio. Rama comenzó a desesperarse, hasta que hallaron por fin una carretera de tierra y unas huellas de neumáticos recientes en la superficie arenosa; sabían que estaba cerca, así que aceleraron el paso siguiendo el patrón de líneas positivas.
—¿Escuchaste eso? —inquirió Laksmana, con una vivacidad fulgurante—. Estamos cerca.
Siguieron avanzando.
Tras recorrer unos metros notaron que las huellas se habían salido del camino, las siguieron en dirección colina abajo. El vehículo salió del sendero e ido a chocar en contra de un viejo árbol, fue entonces cuando ahí los vieron.
Los raksasas eran muy diversos en sus formas y aquellos tenían apariencia de osos, pero sin nada de pelo. Tenían enormes zarpas capaces de arrancar la cabeza a un hombre de un manotazo. Eran dos y golpeaban con sus grandes zarpas el remolque; el vehículo se meneaba de un lado a otro, parecía que de un momento a otro lo iban a voltear. Los hermanos se acercaron cautelosos, con las armas en las manos.
—Ambos al mismo tiempo—sugirió Laksmana; su hermano estuvo de acuerdo.
Rama apuntó al raksasa de mayor tamaño; como nunca antes había disparado un arma éste temblaba, se notaba en el cañón, no obstante el rayo de luz emergió y perforó el cuerpo de la bestia; todavía ésta alcanzó girarse y dar un par de pasos adelante: tenía un agujero en el pecho; luego cayó junto al otro, que había muerto debido a un tiro certero en la cabeza.
—Lo hicimos —dijo Rama regocijado, pero Laksmana se hallaba inquieto y hasta preocupado—. Ahora hablemos con…
—¡Apártate, Rama!
Laksmana empujo a su hermano, salvándolo de un rayo recto similar al que produjeron sus propias armas.
Después de muchas derrotas contra los demonios, la humanidad encontró que para eliminarlos tenían que utilizar luz concentrada a alta potencia, pero ésta no era en sí un laser, pues el rayo era como un conductor de luz que transportaba una señal llamada antídoto, y que servía para bloquear cualquier virus que liberaran los demonios cuando éstos ya se encontraban muertos. Hace no mucho tiempo se había descubierto la manera de bloquear los genes de los virus mediante señales de energía codificada. Algo como una inyección a distancia, muy útil para no tener que acercarse a las criaturas, pues ni matándolas el humano la tenía segura de estar a salvo de ellas.
—¡Corre hacia los árboles, Rama!
Ambos jóvenes se separaron. Rama intentó recuperar su arma del suelo pero esta se hallaba bastante lejos de él; además había visto algo aterrador en un segundo que buscó al agresor: una criatura parecida a un humano pero horriblemente deforme. Lo que más le confundió es que llevaba puesta algo como una armadura, con una especie de cañón zeff saliendo de sus manos. Luego el raksasa despareció ante sus ojos, como camuflándose con el entorno. Siguió corriendo, esquivando árboles y rocas en el camino, hasta que quedó exhausto. Decidió esconderse. En eso otro rayo golpeó el tronco del árbol que le prestaba resguardo, sacudiéndolo como si fuera a caerse. Rama estaba tremendamente asustado, ¿qué era aquello que los perseguía y que deseaba matarlos?, lo que había visto no tenía sentido: era un raksasa llevando un arma, eso no podía ser cierto, eso era imposible. El polvo se había levantado y Rama estrió la vista; no vio a nadie. Un rayo de luz pasó a centímetros arriba de la cabeza del joven dejándolo al borde del desmayo. Un chillido se escuchó, algo cayó al frente; una silueta fue tornándose opaca, luego visible, entonces pudo ver al mismo ser que había distinguido antes: un humanoide envuelto en una armadura, boca abajo, con un agujero en la espalda. Toda la piel la tenía llena de erupciones. De repente Laksmana salió de un arbusto: él había sido el tirador. El cuerpo quedó entre los dos hermanos.
—¡Quédate ahí, Rama!
Poco después el extraño ser explotó, quedando sólo una nube de humo en su lugar.
Los hermanos regresaron al remolque, el anacoreta salió cauteloso y encontró a ambos muchachos descansando en el suelo.
—Los raksasas están muertos —se adelantó a decir Laksmana, su hermano se hallaba a su lado, aún en estado de shock—. Ya puede sentirse seguro.